La fachada de la vergüenza está en Ibaia. Se puede contemplar o detestar mientras uno asiste a un entrenamiento del Alavés o a un partido de sus chavales de la cantera. Por increíble que pueda parecer, once días después de que las paredes de las instalaciones de Zuazo fueran embadurnadas de amenazas, insultos y otros improperios irrecuperables, la retahíla de frases ahí sigue, a la vista de todos.
Las pintadas son ya parte de la escena albiazul, como las porterías o el verde de la hierba. Los jugadores de la primera plantilla se han hecho a ellas y hasta quizás les motiven. El mal gusto se confunde con la desidia. Incomprensiblemente a nadie del Alavés se le ha ocurrido dar la orden o ejecutar el borrón necesario para que desaparezcan de la mirada, no tanto ya por una cuestión de imagen, a la que responde, sino también por una razón educativa y de sentido común.
Después de tantos días sobre el blanco de las paredes, sólo cabe pensar que a la directiva del Alavés le importa un bledo el asunto. Porque por una razón económica no será. Un bote de pintura sintética para echarla encima cuesta unos pocos euros. Será abandono, el mismo que sufren otros elementos del complejo del estimado 'Compa'.