Ya sea por las estrecheces a las que obliga el proceso concursal o por el propio carácter de equipo orgulloso de ser modesto, el Alavés se ha asentado en la localidad de Covaleda sin estridencias ni delirios de grandeza. La suya no es una estancia vacacional en la que primen el derroche y los caprichos. De ello puede dar fe Carlos Rioja, uno de los arrendatarios del hotel Pinares de Urbión, que acoge durante estos días al equipo en el corazón de la provincia de Soria. «Son gente muy normal. No piden nada fuera de lo habitual en unos deportistas. Y con lo que trabajan, tampoco están para fiestas», asegura durante un momento de reposo en una jornada de trabajo maratoniana.
Al fin y al cabo, la llegada de un contingente de 32 personas trastoca un tanto la rutina. Pero todo se hace con gusto cuando hay buena sintonía. El contacto directo entre los responsables del hotel y los jefes de la expedición albiazul es continuo. Se habilita una sala asignada para los masajes -a los 'fisios' Ibon Domaica y Sergio Blanco les faltan manos para mitigar los numerosos achaques fruto del trabajo intensivo de pretemporadas- e incluso se facilita una furgoneta para el desplazamiento hasta la zona de entrenamiento. La lavandería siempre está lista para dejar limpios y sin mácula los cerca de cincuenta kilos de ropa que 'gastan' cada día los jugadores albiazules. Dos coladas diarias supervisadas por el responsable de material, Teo Delgado, que después reparte cada equipamiento por las habitaciones. El utillero albiazul alarga también su horario y aprieta los dientes ante las molestias que le produce un incómodo esguince de muñeca. Todo porque nada les falte a los jugadores. La jornada también es larga para el médico, Manu Goienetxea, pendiente de la evolución de los lesionados.
Menú sin estridencias
En cada una de las habitaciones del hotel de concentración conviven dos jugadores. En las horas muertas, cada uno busca como puede el esparcimiento. Desde un mano a mano al tenis de mesa hasta un duelo de billar. Aunque en material de pasatiempos, los diferentes modelos de consolas y el acceso a internet se llevan la palma. A la hora de reponer fuerzas, el rancho es un apartado cuidadosamente planificado para que la báscula no dé la señal de alarma ante el cada vez más cercano inicio liguero. A eso de la una de la tarde, Angelines, Ani y Paco hacen malabarismos entre fuentes y fogones para preparar el menú alavesista. «Ningún capricho, comida sana», asegura Paco. El sustento alimenticio se limita a pasta, pescado, pollo y ternera, además de cantidades ingentes de ensaladas. Calorías y frituras, las justas; por no decir que casi inexistentes. De guarnición, patatas cocidas y puré. El postre; fruta del tiempo y zumos naturales. ¿La leche? semidesnatada. «Otros equipos que han venido por aquí tenían alguna 'manía', pero los del Alavés, no. Tienen muy buen comer», asegura el 'chef'.