Un jacuzzi y una cubeta repletos de hielo picado con la marca Alavés aguardan en el vestuario de Ibaia a los jugadores al final de cada sesión preparatoria. Con frío después del calor se empieza a forjar la plantilla vitoriana, otra de las muchas asociadas a la crioterapia, la aplicación de bajas temperaturas sobre el organismo para favorecer la recuperación física tras el esfuerzo. No es una novedad en la caseta albiazul, pero sí que esta temporada la terapia se va a desarrollar con otro rigor, o con más frío, mejor dicho.
Sus beneficios están probados. «Tiene fundamentos antiinflamatorios y vasoconstrictores. Ayuda a la recuperación de las estructuras blandas y de las articulaciones y a la circulación sanguínea» sometidas al trabajo del futbolista, subraya el doctor Manu Goinetxea. Se trata, en la medida de lo posible, de prevenir pequeñas lesiones musculares. Los jugadores, dicen, lo agradecen, pero sufren. Por tandas se meten en las dos piscinas del vestuario y deben aguantar entre cinco y diez minutos con el agua helada hasta cubrir su cintura. Así todos los días. En verano mejor que en invierno. Por descontado.
«No está muy fría», tercia el médico albiazul, quien no se somete, por si acaso, al gélido método curativo. Tampoco a nadie se le ha ocurrido introducir un termómetro para comprobar por curiosidad a qué temperatura se trata el Alavés de la ilusión.
El albiazul es uno más de los muchos equipos que han hecho de la crioterapia otra parcela de su puesta a punto diaria. Popular se hizo el Eibar de Mendilibar con sus futbolistas remangados pisando bloques de hielo al final de cada paliza. Fuera o no por esto, aquel grupo rozó el ascenso a Primera.
Atrás quedan también en el Alavés los baños en las aguas pirenaicas de Luchon, refugio de pretemporadas pasadas, un adelanto rústico pero natural del frío que hoy se apodera de la caseta de Ibaia.