Y después preguntan ¿qué tiene de especial un deporte donde veintidós hombres corren detrás de un balón? ¿Cómo es posible que la gente pierda la cabeza por un resultado? ¿Tanta importancia adquiere una actividad lúdica devenida en distracción de las masas a tal punto de relegar otras preocupaciones de mayor trascendencia social, política, económica o familiar? Siendo sinceros hagamos memoria y admitamos cuántas veces debimos soportar el enfado justificado de una madre o mujer que se quejaba de que al hablarnos estábamos hipnotizados ante la pantalla siguiendo las alternativas de un partido ajenos a cualquiera de sus comentarios. ¿Y quién no se enfadó cuando alguien se cruzaba ante la tele para privarnos de una jugada con peligro de gol?
¡Pero por favor, todavía no se dan cuenta de la magia del fútbol! Que le digan a los presentes el domingo pasado en Mendizorroza si no disfrutaron de un espectáculo grandioso. Intentar explicar lo que se vivió en 90 minutos emotivos resulta difícil.
Ya sé que después de conocer el resultado para lo que algunos fue la gloria, para los otros resultó algo parecido al infierno. Pero lo maravilloso fue que todas las previsiones volaron en pedazos cuando se puso el balón a rodar y frente a frente se vieron las caras lo que yo llamo un duelo de energías, el yin y el yang, «la ilusión del éxito» contra «la adrenalina de la amenaza» representados por una Real que aspira al cielo del ascenso contra un Alavés que clama por una salvación milagrosa.
Cuando quedaban suspiros para el desenlace viejos fantasmas del pasado comenzaron a danzar por las gradas de los abatidos alaveses, cantos de dulces sirenas endulzaban los oídos realistas. Parecía que nada cambiaría el guión escrito por el destino.
Sólo la determinación, fe y orgullo de un grupo de futbolistas que ante la adversidad -la peor de las interminables a lo largo de una temporada cruel- cogió el atuendo de heroicos gladiadores y lograron en dos minutos mágicos cambiar la historia.
Desde la lógica parece imposible que en ese tiempo un equipo marque lo que no pudo con merecimientos a lo largo de muchísimos partidos. Además, con la enorme dificultad de verse abajo ante un rival supermotivado, poderoso, que acaricia la gloria.
Desde la emoción nadie puede resultar indiferente a un suceso que debe quedar marcado a fuego en la memoria albiazul. Porque después de que Toni Moral decretara el 3-2 increíble, el delirio vivido por esas almas que pasaron en segundos del drama de la Segunda B, la posibilidad de desaparición de la entidad ante los efectos de la Ley concursal a la locura desatada por la euforia, sólo el fútbol puede generar tal carga de emociones encontradas.
Todavía quedan 90 minutos de sufrimiento para llegar al objetivo. Pero nadie puede robar a la gente los hermosos momentos del domingo 8 de junio, cuando una vez más comprobamos la magia única del fútbol. Nos dio una vieja lección, como dice una frase del desaparecido escritor Almafuerte: «no te des por vencido ni aún vencido».
Gracias jugadores. Gracias fútbol. Y suerte al Alavés para Vigo.