¿Un fenómeno 'poltergeist'? ¿Una abducción futbolística? ¿Un encuentro en la tercera fase? Mendizorroza cerró la jornada de ayer con la boca completamente abierta, frotándose los ojos y recapitulando una sucesión de acontecimientos inesperada. La estupefacción se repartía por igual entre la hinchada vitoriana y la 'txuri urdin'. En sólo dos minutos Jairo y Toni Moral voltearon la tragedia a la que estaban condenadas las ochenta décadas de historia del Alavés. Las lágrimas ya casi aguaban los ojos de una Vitoria que comenzó la semana sacando pecho con el título liguero conseguido por el Baskonia. No en balde, la conclusión del duelo de ayer tuvo todos los alicientes de un 'thriller' baloncestístico con canasta final sobre la bocina.
Porque cuando todo parecía perdido, la esperanza se abrió a golpes de fortuna y corazón. La sufrida afición alavesista tiene ahora un nuevo punto de peregrinación la semana que viene; el estadio de Balaídos acogerá la última escena de un drama interminable que aún puede tener un desenlace feliz. En la grada de Mendirroza, la proclama se repetía; «¡Nos vamos a Vigo!».
Sobre el césped, la plantilla albiazul en pleno se fundía en un abrazo con los aficionados del fondo de Polideportivo, que protagonizaban una nueva invasión de campo para agasajar por última vez a sus héroes. Efectivos antidisturbios de la Ertzantza templaban los nervios para no romper una estampa mágica. En la boca de vestuarios, el presidente albiazul, Fernando Ortiz de Zárate, recibía besos, abrazos y agradecimientos. El esfuerzo que hizo el pasado verano para reflotar una nave semihundida por los estropicios de Dmitry Piterman no merecían un final amargo con descenso a Segunda B.
Varios metros más arriba en el palco, los sentimientos no tenían término medio. El bando perdedor quedó retratado en una reunión con trazas de funeral con protagonistas de excepción. El presidente de la Real Sociedad, Iñaki Badiola, su homónimo del Bruesa GBC y rival electoral, Miguel Santos, y el alcalde de San Sebastián, Odón Elorza, conversaban compungidos y todavía impactados por la loca recta final de un partido que no olvidarán fácilmente. El primer edil donostiarra apenas podía contener su desconsuelo. Lanzaba patadas de impotencia a las paredes metálicas sin llegar a impactarlas. Ante todo, respeto a la propiedad pública.
De azul y blanco
Al fin y a la postre, la afición albiazul sonrió ayer la última en un derbi en el que el hermanamiento quedó en un segundo plano ante las exigencias de ambos clubes. La trascendencia de la cita tuvo una respuesta unánime en ambos bandos. Mendizorroza registró una entrada de 15.542 espectadores, la mejor de la presente temporada. Con la posibilidad del ascenso a Primera en el horizonte, la hinchada de la Real Sociedad se trasladó en masa hasta la capital alavesa. Desde la hora más temprana de la manaña de ayer las calles más céntricas de Vitoria se tiñeron de azul y blanco. La mezcla cromática podría hacer pensar en aficionados del Alavés, pero un 'zoom' al escudo de la camiseta revelaba una mayoría realista. Todos, confiados en retornar a la máxima categoría.
De hecho, la afición 'txuri urdin' superó en decibelios a la local durante muchos momentos del trascurso del encuentro. Al fin y al cabo, la agonía de verse cerca del precipicio a Segunda B ponía ayer un nudo en la garganta albiazul, que además quedó poco menos que muda después de encajar el primer gol apenas subido el telón del encuentro. Los fieles alavesistas recuperaron fuerzas después con el gol del empate logrado por Adrián en el minuto 48 para después sufrir un golpe cruel cuando la Real Sociedad volvió a adelantarse en el marcador justo en el momento más dulce de juego del Alavés. Tuvieron que llegar Jairo y Toni Moral para convencer a los descreídos de que la salvación es posible. Ahora, la esperanza reluce en Vigo.