Las jornadas siguientes nos deparan un final emocionante. Bien es cierto que se acerca la etapa definitoria tanto para los equipos de arriba en su sueño por el ascenso, como para los de abajo en la angustiosa y desenfrenada lucha por huir como sea del descenso. Pero se sabe, y es lógico, que los nervios que genera la ilusión se llevan mejor que los temores ante los hechos indeseados.
Desde comienzo de temporada, por males heredados y otros generados el Alavés sabía que tenía por delante un calvario de sufrimientos. Todo indicaba que este ciclo estaría colmado de sacrificios, tropiezos, pero cualquier pronóstico quedó corto con los males que aquejaron la marcha normal del equipo. Desde la reducción drástica en el presupuesto del club a todos los niveles a la renovación de la plantilla (con el consiguiente costo que conlleva armar un grupo y un once con un sistema afianzado y trabajado hasta la automatización). A eso le sumamos el cambio de entrenador en plena competencia, la marcha del director deportivo, los constantes vaivenes institucionales y, en mi opinión lo más influyente de todo, la plaga de graves lesiones que nunca permitieron darle continuidad a un once tipo.
Pero a pesar de esta larga enumeración de factores negativos y por más que sigan encendidas todas las señales de alarma ante la situación en la clasificación, a día de hoy lo conveniente es que la plantilla pueda aislarse del clima de pesimismo y excesiva preocupación que se vive. Ya sé que no es tarea sencilla, pero es en estos momentos cuando el factor psicológico pesa mucho más que la técnica, la táctica y estrategia. Cuidado, no estoy negando que no se dependa de ello, porque son los pilares fundamentales del fútbol, pero sí que son desplazados a un segundo plano cuando las órdenes no vienen con la claridad y seguridad necesarias para ser ejecutadas.
Ahí tenemos por caso que cuando se peca de excesiva tensión y ansiedad los músculos se agarroten y aparezcan errores técnicos: malos controles, pases fallidos, desconcentraciones, decisiones equivocadas. Hasta me atrevería a decir que el míster y su cuerpo técnico deben sacar a relucir mucho más su faceta de psicólogos que de entrenadores.
Los jugadores son concientes de ello y en las finales que quedan saben que deberán emplearse a fondo para intentar buscar ese equilibrio que consiste en actuar con intensidad física y claridad mental. Como dice la frase popular: «corazón caliente, mente fría». Conociendo de primera mano el vestuario y sus protagonistas no dudo que dejarán la vida por lograr el objetivo en el campo. A quienes somos espectadores sólo nos queda brindarles nuestro apoyo incondicional.